Pablo Rodofili
n. 1225, miércoles 21 de octubre de 2026.
La semana pasada falté a mi cita habitual con los lectores de En clave de cooperación. No fue porque me hubiera quedado sin temas. En realidad, estuve escribiendo mucho más de lo que acostumbro, aunque no conseguí terminar el artículo que tenía pensado publicar.
Todo comenzó el domingo 11 de octubre, cuando leí una columna de Jorge Liotti en La Nación, “La crisis de los propósitos colectivos”. El artículo se refería a la política argentina, a las dificultades de representación y a los cambios que se vienen produciendo en las formas de pertenencia colectiva.
Liotti describía una tendencia creciente a la individualización y la desafiliación. Las organizaciones tradicionales, los partidos y el propio Estado podían ser percibidos como estructuras burocráticas, mientras otras formas de identificación, a veces alrededor de figuras o intereses mucho más circunstanciales, conseguían despertar adhesiones intensas. Recuperaba también una observación de Alberto Ades: lo que estaba cambiando no era necesariamente la existencia de las identidades, sino su pretensión de permanecer inmutables.
Me quedé pensando en esa distinción. Si las identidades no desaparecen, sino que cambian, ¿qué sucede con las organizaciones que fueron construidas para representarlas?
Y, naturalmente, pensé en las cooperativas.
Después de tantos años asesorando cooperativas de trabajo, servicios públicos, vivienda, salud y otras actividades, he visto organizaciones que nacieron de necesidades compartidas y consiguieron resultados que difícilmente hubieran podido alcanzar sus integrantes por separado. También he visto cómo algunas de esas mismas organizaciones, una vez resueltos los problemas que justificaron su creación, comenzaron a tener dificultades para interesar a sus asociados en algo que excediera la prestación del servicio o el resultado económico.
¿Es que las personas ya no quieren comprometerse con proyectos colectivos? ¿O las cooperativas tienen alguna responsabilidad en ese alejamiento?
Pensé que podía escribir sobre el asunto. Tenía experiencias, lecturas y opiniones, algunas bastante firmes. Pero también sabía que buena parte de esas opiniones provenían de mirar las cooperativas desde un lugar particular: el del abogado que las asesora, conoce sus conflictos y muchas veces debe intervenir cuando las relaciones institucionales ya están deterioradas.
Se me ocurrió entonces preguntarles a otras personas.
Escribí a casi cuarenta conocidos y amigos vinculados con el cooperativismo. No hice una encuesta ni preparé un cuestionario. Les envié una pregunta y les pedí que respondieran desde su experiencia personal:
“¿Pueden las cooperativas construir nuevas pertenencias colectivas en una sociedad crecientemente individualizada, y bajo qué condiciones?”.
Creí que recibiría algunas respuestas que me ayudarían a ordenar las ideas y que, con ese material, podría escribir el artículo durante el fin de semana.
Me equivoqué.
Empezaron a llegar mensajes, audios y reflexiones. Algunos contestaron enseguida; otros me pidieron tiempo. Hubo quienes escribieron unas pocas líneas y quienes se extendieron mucho más de lo que esperaba. A César Basañes le había pedido, medio en broma, un audio de treinta segundos. Me mandó una reflexión mucho más larga, en la que terminó cuestionando algo que yo había dado por supuesto: que las pertenencias colectivas que buscaba estudiar debían ser construidas por las propias cooperativas.
Lo más interesante fue que no todos estaban de acuerdo. Ni siquiera estábamos hablando siempre de lo mismo.
Para algunos, el problema era la pérdida de valores colectivos. Otros encontraban las mayores dificultades dentro de las propias cooperativas. Había quienes confiaban en la capacidad del movimiento para construir nuevas relaciones sociales y quienes dudaban de que pudiera modificar tendencias que exceden ampliamente sus posibilidades.
Tampoco todos entendían del mismo modo la pertenencia. Un trabajador que participa cotidianamente de una empresa autogestionada no mantiene necesariamente la misma relación con su cooperativa que un vecino que recibe agua potable o electricidad. Y un productor agropecuario puede reconocerse como parte de un colectivo mucho antes de incorporarse a una cooperativa.
Comencé a repreguntar, a veces porque no había comprendido bien una respuesta y otras porque encontraba una contradicción que quería explorar. En más de una ocasión, la segunda respuesta me obligó a revisar lo que había escrito sobre la primera.
Una de esas conversaciones fue, precisamente, con César.
Me hizo notar que las identidades colectivas no siempre nacen dentro de las cooperativas. Los productores agropecuarios pueden compartir una identidad vinculada con su actividad antes de organizarse. Los trabajadores pueden tener una historia común anterior a la constitución de una cooperativa de trabajo. Y los vecinos de una localidad pueden reconocerse como comunidad antes de decidir cómo resolver sus servicios públicos.
La cooperativa puede ser el instrumento que encuentran para actuar juntos, sin ser necesariamente el origen de los vínculos que los unen.
Volví a preguntarle qué debía ofrecer una cooperativa para que esas personas siguieran eligiéndola. Y agregué otra pregunta: ¿podía una comunidad conservar su identidad colectiva y perder, sin embargo, interés en su cooperativa?
Me respondió que sí.
Un grupo de trabajadores puede continuar identificándose como tal y buscar otra alternativa si la cooperativa ya no le permite sostener su trabajo. Un productor puede seguir compartiendo intereses con otros productores y considerar que otra organización responde mejor a sus necesidades.
La observación se relacionaba con aquella distinción que había encontrado en Liotti: las pertenencias pueden cambiar de expresión sin desaparecer.
Pero había un problema que no quería dejar sin examinar.
Si las personas eligen a la cooperativa exclusivamente por aquello que les ofrece, ¿en qué se diferencia esa relación de la que mantienen con cualquier empresa? Un productor puede elegir dónde comercializar su producción según los precios y servicios disponibles. Eso es perfectamente legítimo, pero no significa necesariamente que haya construido una pertenencia cooperativa.
La utilidad económica puede explicar una elección. No alcanza, por sí sola, para explicar la identificación con una organización que también pertenece a quienes la integran.
Referencias
Y el problema es diferente cuando hablamos de servicios públicos.
En muchas localidades, la cooperativa es la única prestadora de agua, electricidad o determinados servicios esenciales. El asociado no tiene la posibilidad de elegir otra empresa cada vez que está disconforme. Puede continuar recibiendo el servicio, pagando sus facturas y conservando formalmente todos sus derechos societarios, mientras se aleja cada vez más de la vida institucional.
En esos casos, la pérdida de pertenencia no aparece necesariamente como abandono. Puede expresarse como pasividad, indiferencia o resignación frente a decisiones sobre las que el asociado siente que no tiene influencia.
Aquí apareció una cuestión que conozco bien desde mi trabajo profesional.
He asesorado durante años a cooperativas que cumplen sus procedimientos democráticos, convocan regularmente sus asambleas, presentan sus balances y eligen sus autoridades. Algunas funcionan razonablemente bien y cuentan con dirigentes capaces y comprometidos. Sin embargo, eso no significa que los asociados tengan posibilidades reales de influir en las decisiones importantes.
Sin violar la reserva profesional puedo decir que esa distancia entre cumplir los procedimientos y tener una vida democrática efectiva la encontré muchas veces.
En artículos anteriores de este blog, como “Antes del voto” y “La asamblea también se diseña”, me ocupé de una parte de ese problema. El poder no se ejerce solamente cuando se levanta la mano para votar. También se ejerce cuando se decide qué asuntos se van a tratar, qué información se pone a disposición de los asociados y cómo se presentan las alternativas.
Una cooperativa puede enseñar los principios de la democracia y, al mismo tiempo, acostumbrar a sus asociados a que las decisiones relevantes sean tomadas por otros. Puede incluso cumplir de ese modo, con lo que esperan de ella. Después puede sorprenderse porque no participan.
No estoy diciendo que esa sea la explicación de todos los problemas de participación. Sería tan equivocado como atribuirlos exclusivamente al individualismo. Las cooperativas necesitan administrar, tomar decisiones, sostener económicamente sus actividades y encontrar personas dispuestas a asumir responsabilidades que muchas veces tienen costos personales importantes.
Las respuestas que recibí me obligaban a considerar esas dificultades desde experiencias diferentes, sin reducirlas a una explicación única.
Para entonces, el artículo que había pensado escribir ya no existía.
Tenía delante una cantidad considerable de testimonios y varias cuestiones que necesitaba contrastar con investigaciones académicas. Una de ellas fue la investigación de Maricel Massera sobre participación y vínculos sociales en cooperativas de trabajo del Gran Santa Fe. También volví sobre trabajos anteriores acerca de la educación cooperativa y las condiciones para ejercer los derechos asociativos.
Empecé a ordenar el material, a relacionar las intervenciones y a escribir algo que terminó tomando la forma de un ensayo.
Cuando se reúnen tantas opiniones, existe el riesgo de que el texto se convierta en una larga sucesión de personas que dicen cosas interesantes, pero que el lector no conoce y termina confundiendo. También existe otro riesgo, quizás peor: que el autor acomode las intervenciones hasta conseguir que todos parezcan estar diciendo lo que él quería demostrar.
Traté de evitar ambas cosas. No sé si lo conseguí del todo.
Hubo que volver sobre los audios, revisar las atribuciones, comprobar las fuentes y distinguir lo que efectivamente habían dicho mis interlocutores de lo que yo interpretaba. También tuve que resistir la tentación de responder inmediatamente a cada objeción. Algunas merecían permanecer abiertas.
En determinado momento, uno de los participantes expresó dudas sobre la capacidad del cooperativismo para modificar las grandes tendencias sociales. Le pregunté si su escepticismo alcanzaba también a lo que las cooperativas podían conseguir dentro de sus propias comunidades. Me aclaró que se refería a las tendencias generales.
La precisión era importante. Una cooperativa puede cambiar considerablemente la vida de sus asociados sin modificar por ello el rumbo de toda la sociedad. No tenía sentido discutirle una afirmación que no había hecho.
Ese tipo de intercambios fue modificando el trabajo. Lo que comenzó como una consulta para escribir un artículo terminó convirtiéndose en un ensayo extenso, que sigo revisando y al que continúan llegando nuevas respuestas.
Mientras tanto, ocurrió algo que también me llamó la atención.
Las personas a las que había escrito no tenían ninguna obligación de contestarme. Algunas estaban ocupadas, otras de viaje o atendiendo sus propios problemas. Sin embargo, muchas se tomaron el tiempo de pensar, recordar experiencias, discutir mis preguntas y volver sobre sus respuestas cuando les pedí alguna precisión.
No habíamos organizado una reunión ni constituido un grupo de trabajo. Cada uno conversó conmigo por separado. Nos conocíamos desde antes, en algunos casos desde hacía muchos años, y esas relaciones seguramente facilitaron el intercambio.
Pero durante unos días encontramos un motivo nuevo para conversar.
No pretendo presentar esa experiencia como una demostración de que la sociedad conserva intacta su disposición a cooperar. Sería una conclusión desmedida. Lo que sí puedo decir es que una pregunta que a mí me interesaba terminó interesando también a otras personas, que dedicaron parte de su tiempo a pensarla sin esperar una retribución ni un resultado inmediato.
Y eso, después de tantos años trabajando con cooperativas, no me resulta indiferente.
El ensayo todavía no está terminado. Me gustaría que pudiera circular más allá de quienes participaron en estas conversaciones, porque algunas de las cuestiones que aparecieron merecen una discusión más amplia. Ya veremos qué forma encuentra.
Por ahora, quería contarles qué ocurrió con el artículo de la semana pasada.
Había comenzado preguntándome si las cooperativas podían construir nuevas pertenencias en una sociedad cada vez más individualizada. Después de escuchar tantas respuestas, la pregunta empezó a cambiar.
Sigo pensando que las cooperativas tienen posibilidades importantes para organizar proyectos colectivos. También creo que muchas necesitan revisar sus prácticas, sus formas de conducción y las razones que ofrecen a sus asociados para seguir participando.
Pero todavía me queda una inquietud que no consigo resolver del todo: si las personas conservan necesidades, intereses y proyectos que las llevan a actuar juntas, ¿por qué algunas cooperativas tienen tantas dificultades para seguir siendo el lugar donde deciden hacerlo?
La semana pasada no publiqué porque estaba tratando de comprender mejor esa pregunta.
Y sigo en eso.
Referencias
1. Liotti, Jorge, “La crisis de los propósitos colectivos”, La Nación, 11 de octubre de 2026. https://www.lanacion.com.ar/politica/la-crisis-de-los-propositos-colectivos-nid10102026/
2. Massera, Maricel L., “Construcción de vínculos y gestión democrática: un análisis de la dimensión social de las cooperativas de trabajo santafesinas”, Revista del Centro de Estudios de Sociología del Trabajo, n.º 16, 2024, pp. 31-52. https://ojs.economicas.uba.ar/CESOT/article/view/3144
3. Rodofili, Pablo Bruno, “Antes del voto”, En clave de cooperación, 28 de agosto de 2026. https://enclavedecooperacion.blog/2026/08/28/antes-del-voto/
4. Rodofili, Pablo Bruno, “La asamblea también se diseña”, En clave de cooperación, 3 de septiembre de 2026. https://enclavedecooperacion.blog/2026/09/03/la-asamblea-tambien-se-disena/
pablorodofili@icloud.com
Deja una respuesta