Pablo Rodofili
n. 1212, martes 11 de agosto de 2026.
La idea surgió de una lectura casi casual.
Leyendo el Boletín n.º 35 del Programa Iberoamericano de Cooperación sobre la Situación de las Personas Adultas Mayores (PICSPAM), dedicado a la soledad y a las estrategias desarrolladas para abordarla, me encontré inicialmente con un problema conocido: la soledad no deseada de las personas mayores.
Pero las experiencias recopiladas mostraban algo bastante más interesante.
Había visitas domiciliarias, programas de acompañamiento territorial, agentes comunitarios, mecanismos de detección de situaciones de aislamiento, alfabetización digital, redes de participación y experiencias de vivienda colaborativa. No se trataba solamente de conseguir que alguien que vive solo tuviera compañía. En muchos casos se estaba construyendo alrededor de esa persona una red que le permitiera continuar desenvolviéndose autónomamente.
El tema me interesó y busqué otras experiencias.
Cuando el sistema no espera
A las iniciativas iberoamericanas relevadas por el PICSPAM se sumaron otras.
En Nueva Zelanda existen programas de visitas periódicas a personas mayores que viven solas. Francia desarrolló MONALISA, una movilización territorial contra el aislamiento que articula equipos ciudadanos y organizaciones locales. España cuenta con programas de acompañamiento personalizado y reconstrucción de vínculos. Singapur combina centros de envejecimiento activo con búsqueda territorial de personas en riesgo de aislamiento. Escocia incorporó a sus estrategias de conexión social cuestiones tan diversas como acompañamiento, conectividad digital, transporte, vivienda y participación comunitaria.
Por otra parte, las experiencias de senior cohousing y otras formas de vivienda colaborativa muestran que también es posible intervenir sobre el espacio físico en el cual envejecemos.
Son políticas diferentes, desarrolladas en países con sistemas sociales, sanitarios e institucionales distintos. No tendría sentido trasladarlas mecánicamente a la Argentina.
Pero cuando se las observa en conjunto aparece una regularidad.
Muchas no esperan a que una persona haya perdido su autonomía para intervenir.
Intentan actuar antes.
Y esa constatación cambia la pregunta sobre los cuidados.
¿Por qué comenzar a cuidar solamente cuando aparece la dependencia?
Habitualmente pensamos el cuidado a partir de una necesidad ya producida.
Una persona envejece, enferma, adquiere una discapacidad o pierde determinadas capacidades y entonces aparece alguien que debe asistirla.
Las cooperativas de cuidados se insertan naturalmente en ese escenario y vienen demostrando que el trabajo asociado puede ofrecer respuestas valiosas frente a necesidades crecientes de nuestras sociedades.
Pero quizás estemos mirando solamente una parte del problema.
Una cooperativa de cuidados no tendría por qué limitarse a prestar cuidados cuando la dependencia ya existe. Puede contribuir a construir una infraestructura comunitaria destinada a detectarla, prevenirla o retrasarla y, fundamentalmente, a sostener durante el mayor tiempo posible la autonomía de las personas.
Eso supone intervenir antes.
Seis funciones para sostener la autonomía
Al comparar las diferentes experiencias pueden distinguirse seis funciones que aparecen reiteradamente, aunque reciban nombres diferentes.
La primera es detectar. Saber que existe una persona que vive sola, que está perdiendo vínculos o que comienza a experimentar dificultades antes de que se produzca una situación crítica.
La segunda es estar presente. Establecer algún contacto humano periódico que impida que una persona pueda permanecer durante largos períodos completamente desconectada de su entorno.
La tercera es observar. Una visita permite advertir cosas que ningún formulario registra: dificultades crecientes para desplazarse, problemas de alimentación, una vivienda que comienza a resultar insegura, confusión frente a una indicación médica, dificultades digitales o cambios significativos en las rutinas cotidianas.
La cuarta es conectar. Reconstruir o fortalecer vínculos con familiares, vecinos, organizaciones, actividades comunitarias y servicios existentes en el territorio.
La quinta es facilitar. Ayudar a una persona a continuar haciendo aquello que todavía puede y quiere hacer por sí misma, pero respecto de lo cual comienzan a aparecer barreras: conseguir un turno, comprender una comunicación, utilizar una aplicación, hacer un trámite, trasladarse o acceder a una prestación.
La sexta es derivar. Saber cuándo aquello que se observa excede el acompañamiento comunitario y requiere la intervención de la familia, de los servicios sociales, de un profesional sanitario o de otro dispositivo especializado.
Detectar, estar presentes, observar, conectar, facilitar y derivar.
No son seis maneras de sustituir a la persona.
Son seis maneras de ayudarla a conservar su autonomía.
Y tampoco existe ninguna razón para que todas sean realizadas por una misma organización.
Ahí aparece la cooperación.
Una cooperativa de cuidados no tiene por qué estar sola
Cuando pensamos el problema territorialmente descubrimos que existen organizaciones que ya poseen algunas de las capacidades necesarias.
Las cooperativas de servicios públicos tienen una presencia territorial extraordinariamente difícil de reproducir desde una política centralizada. Conocen sus localidades, mantienen relaciones institucionales prolongadas con sus asociados, poseen instalaciones y espacios comunitarios, administran infraestructuras esenciales y sus trabajadores recorren diariamente el territorio.
Eso no habilita, naturalmente, a utilizar indiscriminadamente información de los asociados para finalidades diferentes de aquellas para las cuales fue obtenida. Cualquier programa de esta naturaleza deberá respetar estrictamente la privacidad, el consentimiento y la autodeterminación de las personas.
Pero esa capilaridad puede ponerse al servicio de programas voluntarios de información, conectividad, teleasistencia y articulación comunitaria.
Una cooperativa eléctrica, telefónica, de agua o de gas puede no saber cuidar a una persona mayor.
Pero puede ayudar a que quien sabe hacerlo llegue hasta ella.
Eso es intercooperación.
Viviendas demasiado grandes para vidas que cambiaron
Las cooperativas de vivienda pueden aportar otra respuesta.
Muchas personas mayores viven solas en casas construidas para familias que ya no viven allí: habitaciones vacías, escaleras, jardines difíciles de mantener, altos costos y espacios completamente subutilizados.
Frente a esa situación solemos imaginar dos alternativas: continuar viviendo solo o trasladarse a una residencia.
Las experiencias de vivienda colaborativa muestran que existen posibilidades intermedias.
¿Por qué no pensar en cooperativas capaces de intervenir sobre el parque habitacional existente?
Una vivienda grande podría, cuando sus condiciones físicas y jurídicas lo permitan y su propietario así lo decida, refuncionalizarse para generar espacios privados autónomos y determinados espacios comunes.
No se trata de reconstruir una institución geriátrica en una casa.
Se trata exactamente de lo contrario: explorar formas de convivencia que permitan conservar intimidad, independencia, vínculos comunitarios y, cuando sea posible, permanencia en el propio barrio.
El coliving y el senior cohousing dejan entonces de ser solamente innovaciones arquitectónicas. Pueden convertirse en instrumentos para prolongar autonomía.
Cuidar también es prevenir
Las cooperativas de salud aportan otra dimensión.
El aislamiento social y la soledad se encuentran asociados a resultados adversos en salud. La actividad, los vínculos, la alimentación adecuada, el mantenimiento de rutinas y la posibilidad de advertir tempranamente determinados cambios forman parte de un entorno que favorece una vida saludable.
Por eso salud y cuidados pueden funcionar en ambas direcciones.
Una cooperativa de salud puede encontrar una persona clínicamente estable pero socialmente aislada y vincularla con una red comunitaria.
Una cooperativa de cuidados puede advertir durante una visita una modificación que justifique una evaluación sanitaria.
El acompañante comunitario no reemplaza al médico, al psicólogo, al enfermero ni al trabajador social.
Hace algo diferente y extraordinariamente importante: aumenta la posibilidad de advertir cuándo alguno de ellos resulta necesario.
También puede producir trabajo
Pero una infraestructura comunitaria de estas características necesita personas que la hagan funcionar.
Aquí aparecen las cooperativas de trabajo.
Acompañamiento domiciliario, mantenimiento y adaptación de viviendas, preparación o distribución de alimentos, movilidad, pequeñas reparaciones, actividades recreativas, asistencia para trámites, alfabetización digital y numerosas prestaciones de proximidad pueden organizarse mediante trabajo asociado.
Esto permite mirar el problema desde otra perspectiva.
El envejecimiento de la población no genera solamente nuevas necesidades sociales. También genera nuevas necesidades de trabajo.
Y parte de ese trabajo puede organizarse cooperativamente.
La comunidad que necesita cuidados puede, al mismo tiempo, generar oportunidades de trabajo digno para quienes viven en ella.
Inclusión sociolaboral: de destinatario a participante
Las cooperativas de inclusión sociolaboral introducen una dimensión todavía más interesante.
Una política de cuidados puede reproducir involuntariamente una división rígida entre quienes ayudan y quienes son ayudados.
La cooperación permite cuestionar esa frontera.
Personas que encuentran dificultades para ingresar al mercado convencional de trabajo pueden participar, de acuerdo con sus capacidades y con los apoyos que requieran, en distintas actividades de la red: producción de alimentos, mantenimiento de espacios comunes, huertas comunitarias, logística, tareas administrativas, actividades culturales, servicios digitales o proyectos ambientales.
No se trata de convertir a personas vulnerables en cuidadoras de otras personas vulnerables ni de utilizar la inclusión como fuente de trabajo barato.
Se trata de reconocer algo diferente: toda persona puede necesitar apoyos en algunas dimensiones de su vida y, al mismo tiempo, tener capacidades con las cuales contribuir a la vida de los demás.
Esa reciprocidad pertenece al corazón mismo de la cooperación.
Y transforma la infraestructura de cuidados en algo más que un sistema asistencial: la convierte también en un espacio de participación y pertenencia.
El territorio necesita un articulador
Todavía falta un actor.
Las personas no envejecen en abstracto.
Envejecen en un barrio, un pueblo o una ciudad.
Allí están los municipios y las comunas.
Los gobiernos locales articulan servicios sociales, salud, discapacidad, alimentación, transporte, cultura, deporte y vivienda. Poseen espacios comunitarios, conocen organizaciones territoriales y pueden identificar necesidades que difícilmente sean visibles desde administraciones más alejadas.
No necesitan prestar directamente todos los servicios.
Pueden identificar necesidades, organizar mecanismos voluntarios de incorporación, celebrar convenios, financiar prestaciones, aportar espacios, establecer protocolos de actuación y derivación y conectar cooperativas, familias, organizaciones comunitarias y sistemas públicos.
La escala local puede ser precisamente aquella en la cual todas estas piezas consiguen encontrarse.
De una suma de cooperativas a una infraestructura comunitaria
Entonces aparece un sistema posible.
La cooperativa de servicios públicos aporta capilaridad territorial e infraestructura.
La cooperativa de cuidados aporta proximidad y acompañamiento.
La cooperativa de salud aporta prevención, evaluación y atención sanitaria.
La cooperativa de vivienda aporta adaptación habitacional y nuevas formas de convivencia.
Las cooperativas de trabajo aportan las capacidades productivas necesarias para desarrollar servicios de proximidad.
Las cooperativas de inclusión sociolaboral incorporan participación, trabajo y reciprocidad para personas que encuentran mayores barreras para acceder al empleo.
Municipios y comunas aportan articulación territorial y política pública.
Familias, vecinos y organizaciones comunitarias completan la red.
Ninguna institución puede hacerlo todo.
Probablemente tampoco deba hacerlo.
La innovación consiste precisamente en organizar las capacidades que ya existen alrededor de una finalidad común.
Una infraestructura para seguir pudiendo
Empezamos hablando de soledad.
Terminamos hablando de algo bastante más amplio.
Porque una persona puede tener formalmente reconocido el derecho a la salud y no conseguir un turno; disponer de una prestación y no comprender cómo tramitarla; tener una vivienda y haber dejado de poder mantenerla; contar con familiares y pasar días enteros sin contacto; conservar capacidad para decidir y, sin embargo, encontrar cada vez más obstáculos para transformar esas decisiones en actos cotidianos.
Entre reconocer un derecho y poder ejercerlo existe una distancia.
En determinados momentos de la vida esa distancia comienza a crecer.
Una infraestructura comunitaria de proximidad puede ayudar a reducirla.
Por eso quizá debamos modificar la pregunta con la que habitualmente abordamos los cuidados.
La cuestión no es solamente quién cuidará a una persona cuando pierda autonomía.
También debemos preguntarnos qué instituciones podemos construir para que pueda conservarla.
Las experiencias internacionales sugieren que es posible intervenir antes.
El cooperativismo posee organizaciones de salud, cuidados, vivienda, servicios públicos, trabajo e inclusión sociolaboral implantadas en los mismos territorios.
Los municipios y comunas poseen capacidades que pueden articularlas.
Quizá el siguiente paso no consista en crear otra institución.
Quizá consista en conseguir que las que ya existen empiecen a trabajar juntas.
Porque cuidar no comienza necesariamente cuando alguien deja de poder.
También es construir comunidad para que pueda seguir pudiendo.
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